De este modo, las zonas transparentes en el negativo, que corresponden a las sombras en el motivo real, quedaban fijas en la hoja expuesta con la tonalidad oscura del pigmento, al tiempo que las zonas densas, correspondiente a las luces en el motivo real, se desprenderían al no estar endurecidas, aunque secas.
Tras la exposición, el papel se sumergía en un baño de agua caliente en contacto con otro papel denominado "de transferencia"; el calor desprendía la gelatina coloreada y endurecida, y la pasaba a la otra superficie (con ayuda de presión), mientras que disolvía las partes no expuestas o blandas. Finalmente, el positivo que quedaba en el papel de transferencia, se sometía a un baño de aluminio con agua para estabilizarlo.
Estas copias eran permanentes ya que no se desvanecían ni alteraban su color. Con el tiempo, se emplearon otros pigmentos, como el sepia o el púrpura, y se probó la transferencia a otras superficies distintas al papel, como por ejemplo, la cerámica. El interés del publico por este proceso creado en 1855 por Louis Alphonse Poitevin (1819-1882) y perfeccionado en 1866 por Joseph Wilson Swan (1828-1914), fue solo moderado, ya que resultaba mucho más caro (5 veces más) y difícil de ejecutar que las copias de albúmina, pues su realización exigía de una gran habilidad para transferir la imagen en gelatina a otro soporte.


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