La práctica fotográfica de los primeros tiempos, era un oficio realmente engorroso. Cuando los fotógrafos adoptaron el papel como medio para realizar sus copias, intentaron eliminar, o cuando menos camuflar su textura, y al parecer las sustancias espesas y pegajosas eran las más idóneas para tal fin. Aunque la baba de caracol se consideró como medio para suspender las partículas de material sensible a la luz, sería la clara de huevo (albumen en latín), una solución sencilla y atractiva para imprimir las imágenes.
En la década de 1850, se empezó a fabricar en Francia y Alemania el papel albuminado, cuya preparación implicaba separar las claras de las yemas, salarlas, batirlas a punto de nieve, esperar que se recuperaran, y luego sumergir en el líquido resultante un papel especial, el cual una vez seco, se sensibilizaba a la luz y se distribuía a tiendas y a fotografos. El proceso de copiado por contacto, solo requería que se colocara un negativo de vidrio sobre el papel, y se expusiera al sol para producir una copia.
La fabricación de este papel, atribuido a Louis Désiré Blanquart-Evrard (1802-1872), aceleró la producción fotográfica, pues ya los fotógrafos adquirían el material preparado, en lugar de hacerlo ellos mismos, lo cual implicaba un ahorro de tiempo significativo que era invertido para seguir fotografiando o copiando.
Este papel, se mantuvo en el mercado hasta 1890, y siempre fue muy accesible, ofreciendo gran calidad en el copiado con una cualidad particular, su brillo (que permitía mostrar mayor detalle de la fotografía), el cual no era común, pues otros papeles para copiado fotográfico eran de acabado mate, sin embargo, esta particularidad no fue del agrado de todo publico, ya que algunos consideraban que el lustro daba un toque vulgar a las imágenes.

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